Sala Canal de Isabel II: Nicolás Muller, el fotógrafo húngaro español

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Hungría es uno de los países con más genios fotográficos exiliados. Nicolás Muller recaló en España por amor, por una mujer que vio por primera vez en el hall de un hotel de Madrid. Al mes se casó con ella y se quedó en este país en los años 40. Algo muy curioso, pues toda su vida había estado huyendo del fascismo. Eso sí, siempre acompañado de su querida Hasselblad 500C, que al final siempre le resultaba demasiado pesada.

Estos días podemos disfrutar en Madrid, en la sala Canal de Isabel II, en la calle Santa Engracia, dentro del antiguo depósito de aguas, en una de las salas más carismáticas de la capital la exposición Nicolás Muller. Obras maestras, una retrospectiva de 125 fotografías que recorren la experiencia vital de un fotógrafo que antes de llegar a España enamorado trabajó en Hungría, Francia, Portugal y Marruecos.

Es una nueva selección de su vasto archivo, custodiado por la hija del autor, Ana Muller. Chema Conesa, el comisario, ha visto los más de 14000 negativos de formato medio que hizo el autor. Es la primera vez que podemos disfrutar de nuevas copias de algunos imágenes que permanecían en el fondo del archivo. Ana Muller, en la presentación, reconoció que era agradable ver la obra de su padre bajo un nuevo prisma.

Aparte del amor, el otro motivo que le trajo a España fue su relación con la Revista de Occidente, uno de los principales monumentos intelectuales de este país. Este trabajo le permitió codearse con autores fundamentales del siglo XX, como el gran Ortega y Gasset, Azorín, Pío Baroja, Menendez Pidal, Camilo José Cela… Por supuesto retrató a todos ellos. Y por ejemplo, el gran retrato que hizo a Baroja paseando por el Retiro sirvió de inspiración para una estatua situada en la cuesta Moyano, una calle llena de librerías de viejo al lado del parque madrileño, retiro de reyes en el pasado.

Su estilo está marcado por el blanco y negro (impresionante en la nueva tirada) y el formato medio de su Hasselblad, que podemos contemplar en la exposición, para gran deleite de los amantes de las cámaras clásicas, cuando se hacían máquinas para toda la vida. Como perseguido a lo largo de toda su vida por ser judío en la Europa de los años treinta, siempre se sintió cerca de los oprimidos y los débiles, los niños y los ancianos. Sus series retratan el mundo humilde y trabajador al que pertenecía, independientemente del país en el que estuviera. Conoció a los grandes húngaros de la fotografía, y la relación que mantuvo con ellos le acercó a la fotografía directa, no invasiva, y con unos encuadres rompedores -picados y contrapicados- que le dan un modernidad que hoy sigue llamando la atención. Contrasta con el trabajo de los fotógrafos que dominaban la escena española por aquel entonces, llevados de la mano por el neopictorialismo de Ortiz Echagüe, de cuyo trabajo tenía una opinión mala, por decirlo suavemente.

Murió en 2000, en su casa de Asturias, satisfecho de su vida y de su trabajo. Tuvo muchos reconocimientos al final de sus años, tanto en España como en su Hungría natal, donde le hicieron la entrevista que podemos ver en la exposición, después de ver todas las fotografías en el sentido que obliga la sala, desde el cielo hasta la tierra. Podemos ver la exposición hasta el 23 de febrero de 2014.

Vía: altfoto

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