Roy Lichtenstein, gran retrospectiva en el Pompidou

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El Centro Pompidou (París) dedica hasta el 4 de noviembre una gran exposición retrospectiva a Roy Lichtenstein (Nueva York, 1920) a través de una selección de 124 obras que arrojan una nueva luz a su recorrido artístico.

Esta muestra desvela la amplitud, sorprendente a veces, de un artista que fue, desde los orígenes, más que un pintor pop: un experimentador de materiales, un inventor de iconos, un amante erudito de la pintura moderna.

La retrospectiva parisina es la cuarta etapa de esta exposición-acontecimiento –organizada por el Centro Pompidou en colaboración con el Art Institute de Chicago y la Tate de Londres– y muestra la increíble inventiva técnica de Lichtenstein a través de un corpus inédito de esculturas, grabados, esmaltes o cerámicas. Estos experimentos plásticos –un aspecto desconocido de su trabajo– dan fe de la investigación que llevó a cabo durante toda su carrera.

Lichtenstein es considerado hoy en día como una de las estrellas del movimiento pop, así como un gran maestro de la pintura estadounidense. Sin embargo, tras haber figurado durante años en la vanguardia del pop art, fue mucho más allá. Enseguida se le consideró un artista posmoderno, puesto que en sus obras citaba artistas y estilos de la historia del arte… Más tarde, durante sus últimos años de vida, volvió a géneros como el desnudo o el paisaje, convirtiéndose casi en un pintor de tradición, hasta el punto de que hoy en día es considerado un ‘clásico’.

Distancia divertida

Pero la potencia de su arte también radica en una distancia divertida, crítica sin llegar a ser cínica, que ejerce a la vez en sí mismo y en el arte, desde sus principios hasta el final de su vida, y cuya importancia debe ser reconocida. En una de sus últimas entrevistas, Lichtenstein no desmiente la que será la primera pregunta de su interlocutor: “¿Está seguro de no haber creado jamás una obra desprovista de la menor traza de malicia, de humor o de ironía?”.

“¿Qué puede ser pintado sin ser absolutamente ridículo?”, exclamaba ya en 1972, antes de echarse a reír, en mitad de una entrevista muy seria sobre la serie de Still life paintings en la que estaba trabajando: naturalezas muertas inspiradas en la obra de los grandes maestros modernos.

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Citas y evocaciones

Matisse, Picasso, Léger o Le Corbusier son citados o evocados con un título que menciona –cuando no su nombre– el movimiento que los hizo famosos: el cubismo para unos, el purismo para otros. En 1972, con 49 años, Lichtenstein ya figura desde hace una década como una de las figuras del movimiento pop, momento en el que inicia una serie de cuadros cuyas referencias a la historia del arte harán de él uno de los primeros artistas posmodernos.

Todo empieza en 1962: en paralelo a los grandes extractos de cómics y de objetos de consumo masivo iniciados en 1961, que forman la parte más conocida de su arte –tan conocida que eclipsa al resto, algo que esta exposición trata de rectificar–, Roy Lichtenstein empieza a pintar cuadros que hablan de la historia de la pintura.

Frente a la idea dominante, ambas series se desarrollan a la vez, a pesar de que los cómics dominen hasta la mitad de la década de los 60: pop y posmodernismo conviven. Su reinterpretación de la historia del arte moderno empieza con una serie de retratos inspirados en Picasso –y más tarde en los cuadros que citan a Mondrian y a Cézanne– por los que tendrá que sufrir las críticas feroces de algunos periodistas estadounidenses que lo acusaban de plagio.

Una segunda lectura

Hacia la mitad de la década de 1960 inicia una serie de pinturas, en su mayoría abstractas, que ofrecen una relectura de las formas geométricas, repetitivas y automáticas, típicas del Art deco y del modern style.

A partir de 1965, y durante algunos años, trabaja con el motivo recurrente de una pincelada agrandada y simplificada. Esta metáfora de la pintura también es un guiño totalmente asumido por el artista al expresionismo abstracto, otro de los estilos convertidos en históricos cuando pinta sus Brushstrokes y que, por tanto, tiene que alabar y combatir a la vez, “copia” y modifica la imagen “cliché”.

Lichtenstein aborda estos ready-made de diferentes estilos y artistas conocidos del siglo XX de manera sucesiva, sin sistematizaciones, en función de sus gustos, visitas a exposiciones y revisiones incesantes. Lo hace con la pintura, así como con la escultura y los grabados, avanzando simultáneamente en las tres direcciones.

Futurismo, surrealismo y expresionismo

Tras las naturalezas muertas y eminentemente cubistas (1973-1975) aparecen los cuadros inspirados en el futurismo (1974-1976), mientras que las referencias al purismo dominan a partir de 1975; entre 1977 y 1979 explora el surrealismo y, por último, el expresionismo alemán entre 1979 y 1980.

Es uno de los primeros artistas en hacer de esta mirada de doble filo sobre el arte, que mezcla el respeto por los artistas de los que se apropia y la crítica de una nueva economía que transforma las obras de arte y los objetos de uso cotidiano, en objetos de consumo. Sin embargo, Lichtenstein aplica desde muy pronto ese distanciamiento de su propio trabajo.

En 1973 culmina la realización de los grandes Artist’s Studios en los que se unen, además de las referencias a Matisse, copias autorizadas de sus propios cuadros ya pintados e, incluso, bocetos de futuras obras… En la década de 1980 se multiplican literalmente las referencias a la historia del arte y a su propio trabajo.

A mitad de los años 90, Lichtenstein, ya septuagenario, aborda un nuevo periodo de la historia del arte: la pintura de los paisajes de la China antigua, la de los pensamientos taoístas que conciben la figura del artista como un filósofo sabio que, al practicar la pintura, gana en longevidad. Se trata de una última broma del pintor en el crepúsculo de su vida.

Vía: hoyesarte

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